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Que nos sigan las luces.

Son las tres de la tarde y en mi estación ya es de noche. Los trenes apenas pasan por aquí desde que no son capaces de encontrar la esperanza. Pero apareces tú, como una aurora boreal. Disfrazado de milagro. 
Con la intención de reconstruir todo lo que yo destruyo cuando convierto los molinos en monstruos. Entrando a formar parte de una guerra que siempre estuvo perdida. Yo contra yo misma.
Tú me abres los ojos, les devuelves su color y me descubres que lo que sale de la chistera del mago nunca fueron palomas.
Que los pájaros solo están en mi cabeza.
Aunque ya no sean tiernas golondrinas sino buitres carroñeros. Dando vueltas alrededor de mis pensamientos por si consiguen mi ansiada rendición.
Pero mi bandera nunca será blanca. Por mi. Por ti. Porque has encendido todas las farolas de esta ciudad que duerme. 
Todas las ilusiones que deje tiradas han revivido porque tú siempre fuiste detrás, recogiéndolas. Para cuando yo pudiera volver a ser yo, y cuidarlas. Florecerlas. 
Has hecho magia real…

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